
Según me iba acercando al Soho, al barrio más bohemio y moderno de todo Manhattan (con permiso del Meatpacking) me di cuenta que era ahí donde quería estar. La gente sentada en los cafés, paseando con sus hijos, riéndose, con cara de no pensar en nada y encima con unas tiendas estupendas. Qué más quería yo para pasármelo a lo grande estos siete días. Por ello, miré en mi mapa si había algún hotel por la zona que estuviese bien y no pasase de los 60 dólares la noche, algo casi imposible en esta ciudad pero que debía al menos intentar conseguir. Al final de la calle Spring divisé un cartel donde ponía habitaciones baratas y limpias. Subí al primer piso y me atendió un indio con un inglés imposible de entender, por lo que le escribí en un papel que me enseñase las habitaciones individuales. Fuimos por un pasillo que parecía no tener fin y de repente abrió con llave una puerta del siglo pasado como poco. Dios, qué era esto. No es que fuese cutre, peor aún. Olía a gato y el suelo estaba levantado. La cama sin hacer y el baño, por supuesto, a compartir. Salí huyendo y muy indignada. Por 60 dólares en España puedo dormir en un hostal más o menos decente pero aquí creo que voy a tener que aumentar mi presupuesto sino lo llevo claro. El caso es que me acerqué a unas chicas que charlaban tranquilamente en un banco y les pregunté si conocían algún hotelito en el que pasar una semana sin morirme en el intento. Una de ellas, muy amable, me indicó uno a dos manzanas de donde estábamos y allá que me fui. Por fuera era mucho más decente que el otro y al menos la chica que estaba en recepción se expresaba con corrección. Subimos a la primera planta y me enseñó la habitación. Era pequeña, daba a un patio pero estaba limpia y tenía baño. ¿El precio? 100 dólares con desayuno. Acepté. No estaba para dar vueltas con mi maleta y además quería aprovechar al máximo mi estancia en Manhattan. Acepto.






