lunes, 7 de julio de 2008

Quiero vivir en el Soho... siempre

New York City Soho Block
Según me iba acercando al Soho, al barrio más bohemio y moderno de todo Manhattan (con permiso del Meatpacking) me di cuenta que era ahí donde quería estar. La gente sentada en los cafés, paseando con sus hijos, riéndose, con cara de no pensar en nada y encima con unas tiendas estupendas. Qué más quería yo para pasármelo a lo grande estos siete días. Por ello, miré en mi mapa si había algún hotel por la zona que estuviese bien y no pasase de los 60 dólares la noche, algo casi imposible en esta ciudad pero que debía al menos intentar conseguir. Al final de la calle Spring divisé un cartel donde ponía habitaciones baratas y limpias. Subí al primer piso y me atendió un indio con un inglés imposible de entender, por lo que le escribí en un papel que me enseñase las habitaciones individuales. Fuimos por un pasillo que parecía no tener fin y de repente abrió con llave una puerta del siglo pasado como poco. Dios, qué era esto. No es que fuese cutre, peor aún. Olía a gato y el suelo estaba levantado. La cama sin hacer y el baño, por supuesto, a compartir. Salí huyendo y muy indignada. Por 60 dólares en España puedo dormir en un hostal más o menos decente pero aquí creo que voy a tener que aumentar mi presupuesto sino lo llevo claro. El caso es que me acerqué a unas chicas que charlaban tranquilamente en un banco y les pregunté si conocían algún hotelito en el que pasar una semana sin morirme en el intento. Una de ellas, muy amable, me indicó uno a dos manzanas de donde estábamos y allá que me fui. Por fuera era mucho más decente que el otro y al menos la chica que estaba en recepción se expresaba con corrección. Subimos a la primera planta y me enseñó la habitación. Era pequeña, daba a un patio pero estaba limpia y tenía baño. ¿El precio? 100 dólares con desayuno. Acepté. No estaba para dar vueltas con mi maleta y además quería aprovechar al máximo mi estancia en Manhattan. Acepto.

jueves, 1 de mayo de 2008

En el lobby

Hotel Lobby
El lobby del hotel era enorme y muy moderno. El día anterior, cuando llegué, estaba tan cansada que ni siquiera me molesté en echarle un vistazo, por lo que mientras esperaba que una amable señorita terminase de atender a una pareja aproveché para fijarme en el color de sus paredes, en los sofás a juego, y en el trasiego de gente que no paraba de entrar y salir del hotel. Había gente de todos lados, sobre todo asiáticos, es incríble, vayas a donde vayas ves gente de Asia, lo cual es lógico, solo chinos hay 1.500 millones, como para no verles...
Justo detrás mia se situó una pareja. De repente abrieron la boca y comprobé que eran españoles, así que decidí hacerme la loca y no mirarles. Estaban discutiendo porque a ella no le gustaba la ciudad, decía que olía mal, que todo le daba aspecto de sucio y que estaba deseando llegar a España. Él en cambio decía que ella exageraba, que Nueva York era una maravilla, y que lo que más valoraba era el anonimato, poder pasear por la calle y que nadie les mirase. En ese momento pensé en si serían famosos, porque sino por qué les iban a mirar. Mi curiosidad pudo conmigo y les miré con disimulo. ¡Vaya! Él era el presentador de un famoso concurso de la televisión y ella ¡ostras! la modelo que hasta hace nada salía con el jugador del fútbol... No me extraña que él quiera ser invisible, en España tendrían una legión de paparazzi detrás y aquí, como nadie les conoce, pueden hacer su vida con tranquilidad. Ella lloraba en plan ñoña y él la decía que se tranquilizase, que solo iban a estar dos días más y se volvían. En fin, que la gente es medio tonta, quererse ir de aquí porque huele mal.
Ya llegó mi turno. La recpecionista me dió el sobre y me senté en un sofá a leerlo con mucha curiosidad. En él mi jefe decía que se había suspendido la reunión y que habían decidido regresar a España porque era absurdo quedarse allí una semana para nada. Eso sí, me daban la opción de quedarme... pero el hotel me lo tenía que pagar yo de mi bolsillo, con lo que las cosas iban a cambiar para mi. 450 dóláres la noche era mucho, y no sé cómo le sentaría a mi marido que me gastase tanto. Lo que sí tenía claro era que me quedaba, irme a Madrid ni de coña, pensaba aprovechar la semana a mi bola, luego ya me lo quitaría de otros gastos y ya está.
Comenzaba entonces la búsqueda de mi nuevo hotel ya que tenía que dejar este al día siguiente. Con mi mapa en la mano me dirigí hacia el Soho, la zona más céntrica y donde podría encontrar los hoteles más asequibles.

viernes, 25 de abril de 2008

Habitación 302



Me gustan las habitaciones de los hoteles. Son ese espacio íntimo en el que podemos estar sin que nadie nos moleste. Además, me encantan las camas dobles gigantes que suelen tener, como la de mi hotel neoyorkino. En cuanto llegué de mi largo paseo, destrozada, con sueño, lo primero que hice fue prepararme un baño caliente en una bañera enorme, ponerme una copa de vino blanco, echar agua de rosas al agua y meterme dentro. Recuerdo cómo deseé que no terminase nunca ese momento, la sensación de bienestar que me producía el vapor sobre mi piel, el silencio absoluto en una ciudad que nunca duerme. Creo que me debí quedar dormida porque me desperté con los dedos de mi mano arrugados por el agua. Me puse un albornoz y me tumbé sobre mi cama. Eran las 11 de la noche pero para mi cuerpo y mi mente eran las 5 de la mañana por lo que no recuerdo nada más solo que me debió despertar el sonido de mi teléfono. Me llamaban de recepción para decirme que mis compañeros me habían dejado un sobre en recepción urgente y que no olvidase recogerlo cuando bajase a desayunar. Qué raro. Habíamos quedado en ir a nuestra bola hasta el día de la reunión. Bueno, el caso es que eran las 8 de la mañana y había dormido de un tirón, algo que en Madrid era impensable, no sé si por los ronquidos de mi marido o simplemente por ese estrés constante que habita en mi de manera permanente desde hace años. Quizá por esa sensación de tranquilidad de estar alejada de mi ordenador, de mi mail, de mis reuniones matutinas, en fin, solo por eso estaba feliz y decidí que lo mejor era darme una ducha y bajar a desayunar. Y así lo hice.

Una vez abajo busqué a alguno de mis compañeros pero no vi a nadie. Entonces recordé que tenía un sobre en recepción pero preferí tomarme mi café con mis tostadas antes de empezar a pensar. Yo sin un buen café no soy nada.

jueves, 17 de abril de 2008

María la mexicana


María llegó a Manhattan hace cinco años. Ella nació en México pero siempre soño con vivir en un país en el su vida fuese más sencilla de vivir. Me explico. María no pudo ir al colegio porque tenía que ayudar a su madre a criar a los siete hermanos que iban tras ella por lo que casi no sabía ni leer. Cuando cumplió 15 años se marchó a la capital, a D.F, a buscarse la vida pero allí solo encontró explotación y la misma pobreza que en su pequeño pueblo. Trabajaba limpiando casas de ricos y por las noches su compañera de casa la enseñaba a leer y escribir. Conoció a Bruno y con 18 años se casó. Pero veía que esa no era la vida que quería y a los 20 años le convenció para emigrar a España o Estados Unidos. Su marido le dijo que él no se quería ir, que era muy difícil entrar y más adelante quedarse, pero ella dijo que se iba. Y se fue. Le abandonó y con el poco dinero que tenía ahorrado cruzó la temible frontera norteamericana. Lo logró y los primeros años malvivió limpiando, de nuevo, para una familia de Beverly Hills, hasta que se cansó y decidió cambiar Los Ángeles por Manhattan. Allí vivía una amiga suya de México que le podía ayudar y sin pensárselo dos veces hizo las maletas y se cruzó medio país. De nuevo kilómetros y kilómetros hasta llegar a Nueva York. Tuvo suerte. Conoció a un chico guatemalteco que llevaba 15 años viviendo allí, se enamoraron, se casaron, María logró la nacionalidad norteamericana y a los pocos meses nació Lulú, la niña más bonita del mundo.
Toda esta historia se me ocurrió mientras regresaba a mi hotel y vi a una joven inmigrante pasear con su niña junto a mi. Y pensé que tras ella se escondería una historia parecida a la que acabo de contar. Al menos ese era mi objetivo.

jueves, 10 de abril de 2008

People of Manhattan



Bueno, eso que dicen que aquí la gente es peculiar es en cierto modo verdad. Mientras paseaba por la Quinta Avenida pude ver que aquí nadie te mira. Da igual que vayas con el pelo violeta, descalza o disfrazada de vampiro. Es como si todos estuviesen acostumbrados a ver cosas extrañas, a que nada les altere, a vivir dejando vivir, algo muy bonito de decir pero difícil de poner en marcha. Recuerdo una mañana en Madrid del mes de agosto que tuve que bajar a comprar pan y no me apetecía arreglarme. Me planté unas chanclas de flores que solo me ponía para estar en casa y una batita de verano. Fue cruzar la calle y entrar en la panadería cuando un grupo de señoras me hicieron un escáner que ni un médico. Y lo peor fue que no se cortaron ni cuando yo las miré, con cara de qué coño pasa señoras, tengo monos en la cara... Bueno, pues eso aquí es impensable, y por eso me gusta esta ciudad, porque la gente es libre y si tiene prejuicios se los llevan a su casa. Van a su bola y no piensan en si el tipo de al lado es un hortera por llevar camisa de flores o esmoquin rosa. Como hacía una buena tarde y no había comido nada desde el avión decidí entrar en uno de esos restaurantes multifood en los que puedes encontrar desde sushi, pasta, burritos y, como no, mega hamburguesas. Yo no suelo comer mucho, al menos lo intento, pero en esta ocasión tenía un hambre voraz por lo que me pedí un enorme plato de pasta con queso y una taza de té. Sí, una combinación rara, pero con eso de que el té tiene antioxidantes y ayuda a adelgazar, pues me he vuelto una adicta. Mientras saboreaba la pasta, que estaba muy rica, me puse a observar a las personas que tenía a mi lado. Una señora con pinta de estar jubilada leyendo una novela de Philip Roth, una madre con sus dos hijos pequeños que no paraban de correr a lo largo y ancho del restaurante, dos chicas de unos veinte años contándose sus intimidades mientras bebían café y un grupo de japoneses, cómo no, riéndose sin parar y hablando ese idioma que ni ellos a veces entienden. Por un momento me acordé de mi marido y decidí llamarle para decirle que le echaba de menos. En Madrid serían casi la una de la madrugada pero él se suele acostar tarde. Tras seis tonos pensé que lo mejor era colgar. Quizá ya se había dormido. O estaba con el ipod tan alto que no escuchó el móvil. Bueno, pues un mensaje y ya está. Cariño, esto es maravilloso. Espero venir algún día contigo. Te quiero.

martes, 25 de marzo de 2008

Times Square

Times Square, New York
Según nos ibamos acercando a Manhattan comprobé cómo muchas veces las imágenes que salen en las películas son muy reales, que aunque algunas veces se trate de meros decorados en otras muchas esas calles, esos edificios, esos restaurantes, son de verdad. Y eso pasa en esta ciudad, que la hemos visto mil veces en la gran pantalla, sus enormes rascacielos, sus taxis amarillos, los McDonald´s, los puestos de perritos calientes, gente que llega de todas las partes del mundo en busca de una oportunidad. Por eso, en cuanto entramos en Manhattan, por la Tercera Avenida, me dió un vuelco el corazón al sentirme como en casa, no me parecía estar a miles de kilómetros de Madrid, sino más bien al otro lado de una esquina. Y sí, al fondo pude ver la maravillosa e inigualable Times Square, el corazón de esta gran ciudad. Y sí, nuestro hotel estaba allí, justo allí. Una vez que nos bajamos del taxi un golpe de calor
mezclado con olor a carne a la brasa me dió en la cara . Un joven estaba enfrente preparando comida para vendérsela a los millones de neoyorkinos que todos los días pasan por esta plaza. Entramos, nos dieron la llave del dormitorio y quedamos en vernos al día siguiente para desayunar. Eran más de las cuatro de la tarde pero para mi cuerpo eran ya las diez de la noche. Aún así pensé que lo mejor era darme una ducha, deshacer la maleta y salir a pasear. Sí, la ciudad me esperaba y yo no la iba a hacer esperar.

domingo, 23 de marzo de 2008

La llegada

Welcome to New York

Señoras y señores.
Estamos a punto de aterrizar en el aeropuerto JFK de Nueva York. La temperatura en estos momentos es de unos 16 grados, el cielo está despejado y la hora local aquí es las 15,15. Por favor pónganse el cinturón y apaguen los aparatos electrónicos hasta que el avión esté firme en el suelo.
Qué horror, comienza ese tremendo pitido en mis oidos, siempre que viajo en avión me pasa, es una sensación horrorosa. ¡¡¡Mira esa pobre mujer!!! se ha agarrado al brazo del marido y ha cerrado los ojos, está temblando. A mi no me da miedo volar, me da igual subirme a un avión que me lleve a Barcelona que a otro que me lleva a Seul, ya puestos, si me tengo que morir casi prefiero que sea en un vuelo, dicen que no te enteras y las posibilidades de sobrevivir son de un uno por ciento. Por eso me resulta tan increíble la serie Perdidos. Es imposible que un avión se parta por la mitad en el cielo y la mayoría de los pasajeros solo se hagan una pequeña brecha en la ceja o les salga un moratón en la pierna... Sé que es ficción, y que en cierto modo el encanto de dicha serie radica en que a más de uno (y me incluyo la primera) nos gustaría que alguna vez nos pasase algo así: desaparecer en una isla tropical, donde nadie te pueda localizar, donde tu gente se piense que estás muerta y que encima tus compañeros en dicha isla sean así de guapos y con esos cuerpos musculosos... Yo que quieres que te diga, que no me importaría que en un momento malo de mi vida cogiese un avión y terminase tirada en una playa sin tener que pensar en tener que poner el despertador para levantarme al día siguiente.
Uy! y mientras fantaseaba con ello me doy cuenta que ya hemos llegado. La gente se levanta para coger sus bolsas y equipajes de mano y yo medio ida.
Menos mal que sé que los de Delta no me iban a dejar tirada en este avión y mi jefe menos.

Lo peor son las colas para pasar inmigración. Entre la cara de ogro que te ponen los agentes y los nervios de pensar que te puedan confundir con una terrorista... madre mia, a ver si pasa pronto. A una amiga mia la confudieron con una narcotraficante colombiana en el aeropuerto de Los Ángeles (y eso que es rubia, blanca y tiene los ojos azules, que más que de Colombia podría ser de Suiza) y se llevó un susto tremendo. Al parecer su nombre y primer apellido coincidían con el de la angelito que estaba en busca y captura y, tras tres horas de interrogatorios, finalmente la liberaron. Y encima ni le piden perdón, jódete, te amargamos el viaje y ni siquiera te pedimos disculpas. En fin, que ya me toca. Crucemos los dedos.