jueves, 10 de abril de 2008

People of Manhattan



Bueno, eso que dicen que aquí la gente es peculiar es en cierto modo verdad. Mientras paseaba por la Quinta Avenida pude ver que aquí nadie te mira. Da igual que vayas con el pelo violeta, descalza o disfrazada de vampiro. Es como si todos estuviesen acostumbrados a ver cosas extrañas, a que nada les altere, a vivir dejando vivir, algo muy bonito de decir pero difícil de poner en marcha. Recuerdo una mañana en Madrid del mes de agosto que tuve que bajar a comprar pan y no me apetecía arreglarme. Me planté unas chanclas de flores que solo me ponía para estar en casa y una batita de verano. Fue cruzar la calle y entrar en la panadería cuando un grupo de señoras me hicieron un escáner que ni un médico. Y lo peor fue que no se cortaron ni cuando yo las miré, con cara de qué coño pasa señoras, tengo monos en la cara... Bueno, pues eso aquí es impensable, y por eso me gusta esta ciudad, porque la gente es libre y si tiene prejuicios se los llevan a su casa. Van a su bola y no piensan en si el tipo de al lado es un hortera por llevar camisa de flores o esmoquin rosa. Como hacía una buena tarde y no había comido nada desde el avión decidí entrar en uno de esos restaurantes multifood en los que puedes encontrar desde sushi, pasta, burritos y, como no, mega hamburguesas. Yo no suelo comer mucho, al menos lo intento, pero en esta ocasión tenía un hambre voraz por lo que me pedí un enorme plato de pasta con queso y una taza de té. Sí, una combinación rara, pero con eso de que el té tiene antioxidantes y ayuda a adelgazar, pues me he vuelto una adicta. Mientras saboreaba la pasta, que estaba muy rica, me puse a observar a las personas que tenía a mi lado. Una señora con pinta de estar jubilada leyendo una novela de Philip Roth, una madre con sus dos hijos pequeños que no paraban de correr a lo largo y ancho del restaurante, dos chicas de unos veinte años contándose sus intimidades mientras bebían café y un grupo de japoneses, cómo no, riéndose sin parar y hablando ese idioma que ni ellos a veces entienden. Por un momento me acordé de mi marido y decidí llamarle para decirle que le echaba de menos. En Madrid serían casi la una de la madrugada pero él se suele acostar tarde. Tras seis tonos pensé que lo mejor era colgar. Quizá ya se había dormido. O estaba con el ipod tan alto que no escuchó el móvil. Bueno, pues un mensaje y ya está. Cariño, esto es maravilloso. Espero venir algún día contigo. Te quiero.

No hay comentarios: