viernes, 25 de abril de 2008

Habitación 302



Me gustan las habitaciones de los hoteles. Son ese espacio íntimo en el que podemos estar sin que nadie nos moleste. Además, me encantan las camas dobles gigantes que suelen tener, como la de mi hotel neoyorkino. En cuanto llegué de mi largo paseo, destrozada, con sueño, lo primero que hice fue prepararme un baño caliente en una bañera enorme, ponerme una copa de vino blanco, echar agua de rosas al agua y meterme dentro. Recuerdo cómo deseé que no terminase nunca ese momento, la sensación de bienestar que me producía el vapor sobre mi piel, el silencio absoluto en una ciudad que nunca duerme. Creo que me debí quedar dormida porque me desperté con los dedos de mi mano arrugados por el agua. Me puse un albornoz y me tumbé sobre mi cama. Eran las 11 de la noche pero para mi cuerpo y mi mente eran las 5 de la mañana por lo que no recuerdo nada más solo que me debió despertar el sonido de mi teléfono. Me llamaban de recepción para decirme que mis compañeros me habían dejado un sobre en recepción urgente y que no olvidase recogerlo cuando bajase a desayunar. Qué raro. Habíamos quedado en ir a nuestra bola hasta el día de la reunión. Bueno, el caso es que eran las 8 de la mañana y había dormido de un tirón, algo que en Madrid era impensable, no sé si por los ronquidos de mi marido o simplemente por ese estrés constante que habita en mi de manera permanente desde hace años. Quizá por esa sensación de tranquilidad de estar alejada de mi ordenador, de mi mail, de mis reuniones matutinas, en fin, solo por eso estaba feliz y decidí que lo mejor era darme una ducha y bajar a desayunar. Y así lo hice.

Una vez abajo busqué a alguno de mis compañeros pero no vi a nadie. Entonces recordé que tenía un sobre en recepción pero preferí tomarme mi café con mis tostadas antes de empezar a pensar. Yo sin un buen café no soy nada.

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